Veo tus ojos sin horizonte, y me adentro en ellos profundamente. Entreabiertos y descalzos, tan dulces como amargos, encantadores, confusos e infinitos. Me recuerdan esa lucha permanente con mi alma, esa que algún día llevé a cuestas, con el lomo dolorido y encorvado por el peso, esa que contaba aquellas noches estrelladas a quien quisiera escucharla, esa, que aún me hace doler a ratos el corazón.
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